Es importante parar y reflexionar, eso creo, siempre se sacan buenas conclusiones. Sin darte cuenta estas de nuevo en tu camino.

Es cierto que la llamada de África existe, desde luego indiferente no te deja. Hace ya quince años que pisé suelo africano por primera vez ¡y quién me lo iba a decir! Fue un verano, la época más dura para viajar al Senegal.

La humedad, que actuaba como un amplificador, formaba parte de tu piel, sudor y más sudor. Todo era exagerado, mal olor, suciedad y todos los bichos del mundo paseaban sin temor.

Sin embargo, lo que más me marcó aquella noche cuando llegué fueron las personas. Mujeres y niños que encontré por el camino, dormían en la calle, en el suelo y sólo les protegía un humilde cartón.

Esa fue la primera punzada en mi corazón y pensé ¿pero esto es real o lo estoy soñando? Ya os digo, de vez en cuando hay que parar y reflexionar. Las cosas no hay que hacerlas solo por inercia se tienen que sentir, gran conclusión… y acababa de llegar.

África desborda, incluso a los propios africanos, es pura vibración, emoción, creatividad y sentimiento. Los sentidos se te agudizan y quieres captarlo todo, los colores, sabores, las texturas, los paisajes, las casas, los sentimientos ¡todo!

Recorrí el país desde la frontera con Mali hasta el sur llegando a la frontera con Guinea Bissau. Un viaje impresionante retrocediendo en el tiempo hasta llegar al mismito Neolítico.

Recuerdo perfectamente, una de las lecciones de vida que viví en ese viaje. Digo una de las lecciones de vida, porque siempre que voy aprendo de la verdad de la existencia.

Estaba en el sur, en la Casamance, en un poblado en mitad de la selva virgen, sin cobijo, empapada, y de barro hasta las rodillas. Llovía de tal manera, que la lluvia te tiraba al suelo. De pronto, de una choza construida de adobe y paja salió un hombre sonriendo para ofrecerme su tronco para sentarme, su comida para comer y su camastro para pasar la noche si así yo lo decidía. Me conmocionó aquello, me removió. Nada es nada pero lo comparten todo. No era del todo consciente, pero a partir de ese momento mi vida había cambiado.

Mi estancia en el Senegal fue muy feliz. Conocí el coraje a través de las mujeres, su elegancia, su alegría y su espíritu de compañerismo, su trabajo y su esfuerzo por darles a sus hijos un futuro mejor. Toda una fuente de ejemplo e inspiración para mí. Disfruté de su percusión, de sus danzas y me enamoré de sus tejidos. Ellas son las grandes desconocidas del continente africano, la mayoría sostienen a sus familias.

De vuelta a mi vida cotidiana, ya no me encontraba, parte de mi estaba en el Senegal. ¿Qué podía hacer? Comencé recogiendo material, que yo misma llevaba a los poblados: ropa, juguetes, medicinas, carteras, libretas. Después comencé a organizar viajes de sensibilización. En una ocasión, lleve una máquina de coser en una maleta y constituimos un taller de costura.

En poco tiempo funde la ONG KASSUMAY SENEGAL, que se dedica fundamentalmente al empoderamiento de la mujer y de la infancia. Desarrollamos acción social en Valencia, a través de un taller de manufactura de productos artesanales donde aprenden mujeres con violencia de género. En el Senegal actuamos con proyectos de cooperación en los alrededores de Dakar, Mbour y la Casamance.

El mundo es una cadena humana que da como resultado creatividad y belleza, eso lo aprendí en África, maravilloso continente que me cautivó para siempre.

 

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